sábado, 19 de abril de 2014

El abrigo.

¿Acaso tú sabes de donde vienen los miedos? Probablemente no, y yo tampoco.
 Quizás son algo marcado por una sociedad que vive completamente sumergida en lo más profundo de un océano, un océano al que ellos denominan miedo; quizás sean algo que vamos creando como mecanismo de defensa con el paso de los años para no salir lastimados; quizás son un abrigo que usamos para protegernos del sufrimiento. Pero sean lo que sean y vengan de donde vengan ¿De qué nos sirve vivir debajo de aquel abrigo?. Es un hecho que mientras te cobijas en el no vas a salir lastimado pero también es un hecho claro y tangente que mientras escondes tu ser te vas perdiendo de disfrutar aquel viento que te puede rozar la piel o aquel sol que te puede generar un maravilloso bronceado.
Y tú, mi ser humano maravilloso, vives con aquel abrigo puesto en tu cuerpo como si la vida no te pasara por enfrente con el como tu única prenda, como si vestirlo te hiciera inmune al frío del sufrimiento. Y sí, quizás si te haga inmune por un largo periodo de tiempo; sí, quizás te proteja del frío pero al igual que todos los abrigos, por más calientes que sean, en algún momento dejan pasar al menos un poco de aquel gélido frío.
Entonces volvemos a lo mismo: ¿Para qué vivir una vida usando un abrigo que al final no es tan buen escudo? ¿No sería mejor quitárselo y empezar a disfrutar del calor de los buenos momentos, del viento de aquellos momentos pasajeros y del frío de aquellos momentos de sufrimiento?